No hay pruebas de que las apps graben tus conversaciones para venderte cosas. Qué datos explican de verdad esos anuncios tan certeros y cómo dejar de verlos.
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Da miedo pensar que el móvil nos escucha. Comentas en casa que quieres cambiar de colchón y esa noche Instagram te enseña colchones. Hablas de una escapada a Lisboa y aparecen vuelos baratos. Nombras una marca que no has buscado en tu vida y ahí la tienes, dos stories después. La primera vez te hace gracia, pero a la tercera ya bajas la voz cerca del teléfono y te preguntas qué más habrá oído: la discusión de anoche, lo que le contaste a tu madre, lo que dijiste del jefe. Y acabas tecleando en Google la pregunta de siempre: ¿por qué me salen anuncios de cosas que hablo? Puedes respirar. No hay pruebas de que las grandes apps graben tus conversaciones para enseñarte anuncios. Si lo hicieran se notaría: un micrófono abierto todo el día y subiendo audio se comería la batería y los datos, y el propio sistema encendería el punto de color que avisa de que una app lo está usando. Además, la ley no se lo permite sin tu consentimiento. Lo que sí debería inquietarte es que no les hace falta escucharte: lo que saben de ti por otras vías basta para que parezca que lo hacen.
La sospecha de «mi móvil me escucha» tampoco sale de la nada. Ha habido asistentes de voz que grababan de más y una empresa de marketing que presumía de oír conversaciones, hasta que un regulador destapó el farol.
Porque las plataformas no necesitan oírte para saber de qué hablas. Piensa en la noche del bar en que un amigo te habla de unas zapatillas. Él las busca en Google al llegar a casa, y vuestros móviles han pasado tres horas juntos en la misma barra. A las plataformas de publicidad les basta con saber con quién estás, dónde y qué buscáis. Cada pieza por separado parece inocente. Juntas, aciertan con una precisión que asusta.
Ninguna de estas vías pasa por el micrófono, y todas le sirven más a un anunciante que una conversación de bar. Lo que se dice en la barra de un bar es ruido. Lo que buscas en Google al día siguiente es una intención de compra, con fecha y hora.
Ha habido grabaciones accidentales y un farol comercial, y ninguna autoridad ni tribunal ha dado por probado que se usaran para venderte nada. Son los tres casos que alimentan el mito.
Los asistentes de voz esperan su palabra de activación, y a veces la oyen donde no está: una frase en la tele basta para que graben un fragmento de lo que pasa alrededor. En Estados Unidos, eso acabó en dos demandas colectivas:
Las dos negaron haber hecho nada ilícito, y Apple aseguró en un comunicado que nunca ha usado datos de Siri para crear perfiles de marketing ni los ha vendido. Lo acreditado es que los asistentes graban a veces lo que no deberían. El uso publicitario se quedó en alegación de los demandantes.
En diciembre de 2023, el medio 404 Media publicó que Cox Media Group (CMG), un grupo estadounidense de medios y marketing, vendía a anunciantes «Active Listening», un servicio que según sus materiales captaba conversaciones a través de los micrófonos de móviles, televisores y altavoces. Meses después, el mismo medio difundió la presentación comercial, que citaba como socios a Facebook, Google, Amazon y Bing. Google expulsó a CMG de su programa de partners, Amazon negó haber trabajado con ella y, para quien sospecha que «Instagram me escucha», Meta repitió lo de siempre: no usa el micrófono del teléfono para anuncios.
En 2026, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC) abrió expediente a CMG y a dos empresas que le suministraban el producto, y su conclusión tiene algo de cómica:
Según la FTC, «Active Listening» ni escuchaba conversaciones ni usaba datos de voz. Revendía, con un buen margen, listas de correos electrónicos compradas a otros intermediarios.
CMG aceptó pagar 880.000 dólares para compensar a sus clientes, sin admitir ni negar los hechos, y las órdenes son definitivas desde agosto de 2026. Los engañados fueron los anunciantes que pagaron por escuchar a nadie.
En 2018, un equipo de la Northeastern University revisó más de 17.000 apps Android para ver si enviaban audio, imágenes o vídeo a terceros a escondidas. En sus pruebas no encontraron ninguna app que mandara grabaciones de audio. Encontraron otra cosa: apps que capturaban la pantalla y enviaban esas imágenes a empresas de analítica. El caso más llamativo fue GoPuff, una app de reparto que grababa la interacción del usuario con la pantalla, código postal incluido, y la subía a los servidores de un tercero sin avisar. La fuga estaba donde nadie miraba.
Solo si se lo permites en el sistema y si tiene una base legal para tratar tu voz. El permiso de micrófono de iOS o Android es la primera cerradura: sin él, la app no puede abrirlo. La segunda es jurídica. Tu voz es un dato personal, y grabarla o analizarla es tratarla, así que la app necesita una de las bases de licitud del RGPD. Para escuchar lo que dices en tu salón cuesta imaginar otra que no sea tu consentimiento. Si además la voz sirve para identificarte, entra en las categorías especiales de datos, con reglas más estrictas. Y grabar conversaciones ajenas a escondidas puede ser incluso delito: el Código Penal lo castiga con prisión de uno a cuatro años, aunque ningún tribunal español ha resuelto si una app que espiara a sus usuarios encajaría ahí.
Casi todo lo que alimenta esos anuncios necesita tu permiso o tiene que parar cuando dices basta. Cuatro normas hacen ese trabajo, cada una desde su ángulo.
Fíjate en el punto de color, revisa los permisos y usa tus derechos. Las rutas cambian con cada versión y cada fabricante, así que cada ajuste lleva su nombre y el enlace a la ayuda oficial.
Nadie ha pillado a las grandes apps grabando tus conversaciones para venderte anuncios, y el servicio que presumía de hacerlo era un farol, según la FTC. Los asistentes de voz sí graban a veces de más, y Apple y Google han pagado por ello sin reconocer ningún uso publicitario. Esos anuncios tan certeros salen de tu ubicación, tu wifi, tus contactos, tu navegación y los datos que se compran y se venden. Casi todo eso necesita tu permiso o se detiene cuando te opones, y si una plataforma te ignora, la AEPD recibe tu reclamación.
No hay pruebas de que lo haga, y Meta afirma desde hace años que no usa el micrófono del teléfono para anuncios. Sus anuncios se alimentan de lo que haces en la app, de tus contactos y de lo que le cuentan otras webs y tiendas.
Mira la barra de estado: en el iPhone, un punto naranja indica que una app usa el micrófono, y en Android aparece un indicador verde que te dice cuál. Después quita el permiso de micrófono a las apps que no lo necesitan.
Necesita tu permiso en el sistema y una base legal del RGPD para tratar tu voz, que en la práctica será tu consentimiento. Grabar conversaciones a escondidas puede llegar incluso al terreno penal.
Esperan su palabra de activación y graban lo que viene después, aunque a veces se activan por error: de eso iban las demandas que Apple y Google cerraron con acuerdos millonarios en Estados Unidos. Puedes revisar y borrar el historial de voz desde los ajustes de privacidad de cada asistente.
Porque lo que piensas suele dejar huella antes de lo que crees: una búsqueda, una publicación con la que interactuaste, una web que visitó alguien de tu casa. Y porque tu memoria guarda los aciertos y olvida los fallos, el llamado fenómeno Baader-Meinhof.
Desactiva la personalización en Mi centro de anuncios de Google, en Publicidad de Apple y en las preferencias de cada red, y limita el rastreo en tu móvil. Si además te opones al marketing, la empresa tiene que dejar de usar tus datos para eso.
Este artículo se ha preparado con ayuda de inteligencia artificial. El abogado que lo firma ha revisado cada dato y responde de su contenido.
Así usamos la IA en el despachoAnte la AEPD, la primera decisión es si pagar o defenderse, y la tomarás con los números delante.
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